Óscar Domínguez - Surrealista espontáneo
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Domínguez, surrealista espontáneo

Óscar Domínguez se incorpora al grupo surrealista de París en 1934. Sin embargo, mucho antes, ya desde sus primeras composiciones, asistimos a un planteamiento surrealista, incontrolado e imaginativo en que el elemento insular y el paisaje de los escenarios de su infancia están presentes de forma constante, acaso seducido por las formas caprichosas y sobreabundantes que adopta la Naturaleza de Canarias, y que de por sí son acontecimientos surrealizantes en estado puro. Así, las playas de arena negra, los dragos milenarios, la lluvia horizontal o los mares de nubes trazan las señas de un paisaje soñado, evocado y metamorfoseado que aflora en su obra por doquier y adquiere categoría de símbolo. Es esa la condición mágica que atribuían André Breton y Benjamin Péret a las geografías atlánticas de las que era originario Óscar Domínguez. Su pintura, imbuida de esas imágenes, le otorgan la merecida fama de surrealista espontáneo.

La imaginación no es, como sugiera la etimología, la facultad de formar imágenes de la realidad; es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad. Es una facultad de sobrehumanidad. Un hombre es un hombre en la proporción en que es un superhombre. Un hombre debe ser definido por el conjunto de las tendencias que lo impulsan a sobrepasar la condición humana.

 

[Gaston Bachelard, El agua y los sueños]

Óscar Domínguez, quién podría negarlo, era un príncipe. Nacido el día de Reyes, muerto en Nochevieja, toda su vida atestigua que las fuerzas nativas lo inclinaron hacia el riesgo, el exceso y esas peligrosas festividades donde el instinto de conservación da paso al gusto por el entusiasmo y por el glamour. Nobleza natural, además, sin más jurisdicción que la de la Luna, y que puede engendrar al príncipe de los locos, al pícaro o al dandy, como lo definió Baudelaire.

 

[Patrick Waldberg]

Óscar Domínguez tenía veintiocho años cuando, a finales de 1934, apareció en el café de la Place Blanche con un enorme abrigo que le daba un aspecto de oso. El invierno parisiense siempre deprimió un poco a este nativo de Tenerife, donde la temperatura nunca baja de los veinticinco grados. Óscar Domínguez había estado varias veces en París. Después de la muerte de su padre, terrateniente, que no dejó mucho más que deudas a sus hijos, se dedicó algún tiempo con mucha facilidad y aburrimiento al dibujo publicitario. La pintura era su pasión y no había esperado frecuentar al grupo de París para considerarse como un surrealista. En mayo de 1933 había tenido en el Círculo de Bellas una «exposición surrealista», patrocinada por la revista «Gaceta de Arte». El catálogo reproducía dos lienzos: «Sueño» (1929) y «Souvenir de Paris» (1930), comparables y no inferiores a las primeras producciones surrealizantes del Dalí de 1927. […] Cuando encontró a los surrealistas parisienses, vivía en rue del Abbesses, en Montmartre, en un taller de ventanales descomunales, con su amiga Roma, una polaca que le alimentaba casi exclusivamente con carne molida. Pintaba cuadros bastante grandes, con un humor extraño: un toro medio esqueleto arrullando en la caja de su tórax, como en una hamaca, a una mujer desnuda…, un torso femenino saliendo de una neblina azul y llevando en la cabeza un enorme imperdible […].

 

[Marcel Jean, Histoire de la peinture surrealiste]

Veinte años de amistad me inclinan a tener un juicio parcial sobre el arte de Óscar Domínguez. Delante de sus obras, siempre está el hombre que emerge, tal y como se me apareció un mediodía de 1937, macrocéfalo feroz y melancólico, con los ojos brillantes por los reflejos de un alcohol peligroso. Señorial entonces y siempre, de líricos bigotes, de mentón imperial, la nariz desafiando orgullosamente las normas, yo lo veía saliendo armado de una de estas novelas picarescas de Alemán o de Quevedo en las que nobleza es ante todo libertad de ademanes y espíritu. Feroz, ciertamente, por la prodigiosa avidez de ser, el deseo siempre renovado de encarnizarse sobre el instante y de engullirlo en el goce, con la furia del tigre que atrapa una presa entre sus garras. Melancólico, también, por el amargo conocimiento de los juegos del deseo y de la saciedad. Indignado por no tener verdaderas alas y por quedar sujeto a las leyes de un mundo regido por la razón. Niño, por la voluntad de someter aquel mundo a su capricho, por el paso constante del asombro maravillado a la ira, de la euforia a la desilusión, de la risa al miedo. Poeta en fin y artista, y como ellos en nuestro tiempo, monstruo, persona en todo sentido desplazada, extraviada, poniéndolo todo de nuevo en cuestión, inasimilable, indómita.

 

[Patrick Waldberg]

Se entendería mal la obra de Domínguez si se le quisiera dar un carácter metafísico o trascendentalista. Hay que mirarla con los ojos que él la vio. Es la paciente testificación de un poeta que va día tras día descubriendo las cosas de este mundo en su doble aspecto de la realidad y el deseo. Cada objeto aparece siempre con otra posibilidad y sus experiencias muchas veces tienen humor y siempre un alto rango poético: un cangrejo descomunal, un pájaro de hierro, una máquina que no está hecha para función alguna, unos cuernos por auricular de teléfono, un toro en pie con catalejo, un toro con bigotes, un toro con cuernos de manillar de bicicleta y una rueda, un minotauro, un caballo-mujer, un gato florero, un frutero come frutas, etc.

 

[Eduardo Westerdahl]

Una hora más tarde estoy con Picasso. Le encuentro con Óscar Domínguez, un buen mozo canario, apasionado también de los toros… Se le ve aquí cada vez con más frecuencia. Pintor muy dotado, con una facilidad escandalosa, aprende mucho de Picasso, quizá demasiado: algunos de sus cuadros son ‘a la manera de…’. Picasso tiene debilidad por esta especie de oso –de gigantesca cabeza de hidalgo, desproporcionada, adornada con un bigotito y que viste un pesado abrigo de felpa–, pero atractivo y de poderosa vitalidad. Le gusta su espíritu vivaz, su humor negro y puede que también lo que hay de violento e inquietante en su sangre española… este corpachón aparentemente pacífico oculta un demonio, y nadie está seguro cuando, con la colaboración del alcohol, se enfurece… Le he visto a Domínguez blandir una navaja con el pulsador a punto o el revólver, creando el pánico y haciendo el vacío a su alrededor.

 

[Brassaï, Conversaciones con Picasso]

«De Picasso à Dominguez, en passant par Miro et Dali, variété, générosité de la peinture espagnole, peinture de l’imagination qui se veut forte et libre, peinture en exil, retentissante et combattante. Peinture de l’imagination et science de la réalité miroitante, peinture héroïque. L’Espagne blanche et noire brûle en elle de son feu le mieux nourri, de son été le plus cru.

Dominguez ouvre au surréalisme de nouvelles fenêtres sur un monde où chacun trouvera un jour son bien élémentaire et le droit de tout voir. Haute peinture chaude de métamorphoses, peintures où les objets usuels suent leur couleur comme un mirage, où de gigantesques figures, du plus léger formalisme anatomique, sont libérées, éternisées par l’espace pourtant limité.

Perspectives par petites étendues, courts chemins tracés dans l’immobilité éclatante des couleurs, corps de la matière, belle toile, belle laine, beau bois, belle fonte, demain bel air, belle eau, belle neige et bel azur. Chair pâle irriguée par la nuit, éclairée par la foudre, profondeur d’un vase, d’une robe ou d’un sablier, le plus clair de notre temps, une petite femme-feuille dans la profondeur est une autre feuille perdue entre mille dans l’espace d’un arbre. `La rêveuse aux oiseaux, que l’on croit voir de partout.»

 

[Paul Éluard. Texto de presentación de la exposición de Óscar Domínguez en la Louis Carré, París. 14 de diciembre de 1943]

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